miércoles, 6 de marzo de 2019

LEER PARA SOÑAR E ILUSIONARSE


Solo es pedagogo de la lectura aquel a quien leer le entusiasma y es capaz de transmitir ese entusiasmo. Esta afirmación en palabras de un auténtico pedagogo de la lectura, Kepa Osoro, se desarrolla así:
"El placer de leer no es natural, pero sí la necesidad de soñar e imaginar. Por tanto, animar a los niños, a los jóvenes o incluso a los adultos a la lectura es derramar sobre ellos toda la magia, el sentimiento, la fascinación y la pasión que anida en las palabras escritas para conmover, enseñar y descubrir el mundo y para entender al hombre. Animar a leer es educar el paladar lector, abrirlo afinarlo…; es iluminar, ilusionar.
Lectura verdaderamente motivadora es la que transforma, la que emociona e, incluso, trastorna al lector. Animar a leer es hacer sentir el libro y la lectura como algo necesario desde distintas perspectivas: utilitarista, ideológica, formativa, académica, personal… Solo se contagia a aquello que se siente, que se ama, que nos hace vibrar. Solo la pasión discreta, serena, respuetuosa y sincera puede crear adictos a la causa de la lectura.”
Este texto aparece en La lectura en España. Informe 2002.

jueves, 27 de diciembre de 2018

PONER EN PALABRAS LAS ESPERANZAS


El escritor marroquí Tahar Ben Jelloun ha topado a veces con esta pregunta: “¿Para qué escribir en un continente de analfabetos?” Y él contesta que precisamente se ha de escribir, y con más exigencia, para ellos. “Ese pueblo merece que se escriba para él lo más grande y bello que nuestro imaginario lleva dentro”.  
Y se plantea así su responsabilidad: “Nosotros, que hemos tenido la suerte de ir a la escuela y a la universidad, y el privilegio de librarnos de la crueldad del analfabetismo, nos sentimos responsables, y debemos producir una literatura que esté a la altura de la expectativas y los deseos de las poblaciones a las que les gusta que les cuenten historias, les gusta soñar con las palabras y las imágenes que nosotros les forjamos, y no según un modelo único, sino según nuestra imaginación alimentada por sus existencias, su condición y sus esperanzas. En realidad, entre esas poblaciones es donde encontramos nuestras historias, y nuestra función consiste en intentar que afloren a la superficie, extraerlas de la  noche, ponerlas en palabras y darles forma. ¡Qué más da que nuestros libros no estén en sus mesillas de noche, ni en sus bolsos o maletas! (…) Basta con que sepan que lejos de ellas unos poetas, unos dramaturgos, unos novelistas, unos historiadores escriben desde su dolor y sus problemas.”

lunes, 26 de noviembre de 2018

MENOS LECTORES, PEOR DEMOCRACIA


Salta a la vista cuando vas en el Metro o en el tren que hay menos viajeros que lleven un libro en las manos. Muchos de ellos, en cambio, llevan el móvil en el que se informan o juegan.
Pero uno no debe fiar sus opiniones a las simples impresiones que a menudo engañan. En este caso, sin embargo, esa impresión que salta a la vista parece que viene confirmada por los datos.
Esta misma semana he leído que la prensa alemana se hacía eco de un estudio que afirma que el entramado de librerías del país que se va debilitando. Eso ocurre porque se constata que Alemania, un país de sólida tradición lectora, ha perdido en poco tiempo seis millones de lectores.
Comentando en tono de lamento esta noticia, el periodista afirmaba que España ha perdido en el mismo tiempo un millón de lectores de libros. La caída de facturación de las editoriales confirmaría esta significativa disminución.  
No vale consolarse diciendo que los lectores se han trasladado a otras tecnologías y que satisfacen su curiosidad por medios electrónicos; allí se lee de otra manera, de forma mucho más fragmentada, a pantallazos.  
Los comentarios ligaban esa diminución de lectores de libros, ejercicio que permite una reflexión continuada, al auge de los populismos. Con 140 caracteres se pueden provocar muchos incendios emocionales pero difícilmente se puede sostener un discurso razonado.
Sin lectores de libros, cualquier país se pierde masa crítica de población cultivada y también calidad democrática.

domingo, 4 de noviembre de 2018

LA FORMACIÓN DEL YO Y LA LECTURA


Se van reduciendo o simplemente eliminando los estudios humanísticos. En esta decisión de la maquinaria social subyace la idea, como Zygmunt Bauman ha analizado en el campo de la sociología, de la desaparición del sujeto: «La idea que prevalece en este momento en las universidades es la de evitar las ideas (…) La clave reside en reducir el papel de lo que es individual hasta anularlo»
Pero este proceso no va a seguir sin resistencias. Ricardo Piglia, en El último lector, abundaba en la idea de que “la lectura literaria ha sustituido a la enseñanza religiosa en la construcción de una ética personal”. Se trata de seguir manteniendo el yo y de escogerlo en la medida de lo posible. A menudo el modo de vida que se elige vivir surge de modelos que se han conocido a través de la lectura y que se busca repetir y realizar. El escritor argentino este proceso lo ve en el Che Guevara. Lo que este se propone hacer en la vida nace de sus lecturas. Antes de ser un revolucionario busca en las lecturas, consciente o inconscientemente, ser un nuevo sujeto diferente del que era, ha creado por el entorno burgués en el que nació y creció. Los trazos de personalidad que trata de poseer los busca en los libros.
Los textos literarios han acumulado y decantado valiosísima experiencia social que merece ser preservada y trasmitida. Cada vez que se lee un texto que la contenga esa experiencia se trasmite al lector.
El mismo Piglia recuerda ejemplos reveladores de esta convicción. Recuerda, por ejemplo que el poeta ruso Ossip Mandelstam, que murió en un campo de concentración de Siberia en tiempos de Stalin, se consuela en sus últimos días leyendo textos de Virgilio a sus compañeros de trágico destino.
Cualquiera que lee en serio siente que la lectura le provoca cierta metamorfosis. Descubre en los libros modelos para su transformación. O sea, la lectura es una práctica iniciática.

martes, 16 de octubre de 2018

(sin)MOTIVOS PARA LEER


Mikita Brottman en Contra la lectura (Blackie Books) enumera motivos que inducen a algunas personas a leer: “el placer, el conocimiento, la obligación, la necesidad, la pereza y –tal vez más a menudo de lo que pensamos- la lectura sin motivo”.
si a mí me hubieran hecho esa pregunta, por qué leo, hubiera contestado algo parecido. Con una ligera discrepancia. Discrepancia solo de matiz. Para mí el placer no es un motivo más, sino que penetra todos los demás. Incluso la lectura por obligación o necesidad se va reduciendo al mínimo si no va acompañada de cierto placer, porque, ante cualquier obligación, uno tiende a escaquearse.
No me refiero a un placer que asocie necesariamente a diversión, pero sí al interés. Cuando uno hace lo que le interesa, aunque le sea laborioso, ese  hacer produce cierto placer, cierta satisfacción. Lo que quiero decir lo entiende fácilmente un niño si se traslada a otro terreno. El deportista que se machaca en los entrenamientos no persistiría en su empeño si no experimentara un cierto placer, aunque sea un placer diferido. Los niños protestan de que les pongan deberes escolares pero no dejan de ir a entrenarse en el deporte que han elegido y soportan las riñas del entrenador sin chistar.
La pedagogía de la lectura ha de estar ligada no a hacer comprender que leer es placentero sino a ayudar a experimentar placer en las lecturas. Todas las experiencias que liguen la lectura con algún tipo de satisfacción serán un buen camino que crear lectores.
Me referiré aquí a una: el coleccionismo. La afición a coleccionar la tienen muchos en algún momento de la infancia o adolescencia. Animar a un niño a coleccionar libros de un tema que le apasiona es el mejor camino para que los vaya abriendo por iniciativa propia. Después, es más fácil que salte de uno a otro y que esa experiencia le resulte excitante.
Haber experimentado alguna vez que leer proporciona placer deja al niño a las puertas de ser lector porque ¿quién no se presta a repetir aquello que le gusta?

viernes, 28 de septiembre de 2018

LECTURAS, TRAMPOLÍN DESDE EL QUE PROYECTARSE


Montesquieu escribía: “Soy necesariamente hombre…y soy francés solo por  casualidad”. Las personas crecemos y vivimos en el entorno real que nos ha tocado, donde se dan los medios de vida que hacen posible nuestro desarrollo. ¿Se puede ir más allá? ¿Cómo ir más allá de donde nos ha colocado el azar? ¿Cómo se halla el hacia dónde y la energía para proyectarse? .
Nuestro mundo no solo es el de los objetos que nos rodean, o sea las condiciones materiales en que se desarrolla nuestra vida, que sin duda condicionarán el desarrollo de nuestras capacidades personales y la posición social que llegaremos a alcanzar.
Las condiciones materiales en las que se alcanza la condición de humano van acompañadas de todo un universo simbólico que definirá nuestra identidad, creencias y aspiraciones.  Si hipotéticamente, alguien no recibiera otro influjo que el de su propia familia las posibilidades de aspirar a algo más que aquello a lo que los suyos han aspirado serían muy limitadas.
Esa coyuntura ha sido la común durante muchas generaciones de manera que toda ellas han tenido prácticamente el mismo horizonte y  no se han movido de él porque su imaginario simbólico no apuntaba más lejos.
¿Cómo se rompe ese techo de cristal?
En primer lugar, diré que hay personas que  no quieren romperlo. Hay quien se encuentra tan bien con lo que le ha tocado que no desea mirar más allá. Todas las ideologías que exaltan lo identitario suelen ir por aquí. ¿Qué hay en ello? ¿Pereza? ¿Rutina? ¿Miedo a confrontarse con lo exterior?
Pero las personas más despiertas aspiran a ir más allá de lo que les ha tocado a su alrededor. La lectura es una de las ventanas, tal vez la mejor, que abre los ojos a  mundos insospechados.  
Los textos de los grandes autores están llenos de esos mundos porque, como escribía María Zambrano, “las grandes verdades no suelen decirse hablando. (El autor), al esforzarse por escribir, va dejando palabras más verdaderas. Va creando mundos que acompañan al mundo real de cualquier persona. Estos mundos, le arropan, le protegen, pero también le catapultan. ¡Cuántas personas han descubierto en el silencio de la lectura las claves de lo que les estaba ocurriendo y que tal vez les torturaba! ¡Y cuántas personas, sobre todo, adolescentes y jóvenes, en la época en que se lee con pasión han descubierto el trampolín desde el que proyectarse y el objetivo que desean alcanzar!”
El proceso de maduración de cualquier joven se ve estimulado por determinadas lecturas que crean a su alrededor mundos complementarios que enriquecen su mundo real. Sin ellas, ni siquiera hubiera logrado conocer su existencia. 

miércoles, 22 de agosto de 2018

CAPERUCITA EN NUEVA YORK: RENACIMIENTO DE UN PERSOANJE


Carmen Martín Gaite pasó varias temporadas en Estados Unidos dando clase. Por aquellos días estaba en Nueva York. Como todos los humanos, vivía entre dos mundos, el que tenía delante, la gran ciudad cosmopolita que, en buena parte, suponía una novedad, y el mundo que habitaba en su memoria, su mundo, cercano y atesorado durante años de vida y de lecturas.
Tal vez andaba buscando un personaje para darle vida en una nueva narración. O no. Quizás se lo encontró saliendo del Metro o caminando por Manhattan y le impuso el deber de contar su peripecia. Era una niña. Le pareció que la conocía.
Rebuscó en su memoria. Le suscitaba sensaciones que ya había vivido. Trató de situarla en lugares por donde había pasado, en casas donde había estado. Por fin creyó recordar haberla visto en algún libro. El mundo de los libros es tan real como el otro cuando ya ha caído en el pozo de la memoria. Aún no sabía en cuál. A menudo recordar las ilustraciones le llevaba al libro y a los personajes que buscaba.
Le puso una capa y una capucha roja. Alguna oscura razón le llevó a tomar esa decisión. De repente la reconoció: «Sin duda es Caperucita Roja».
Tal vez habían pasado ente sus ojos muchas Caperucitas durante esas semanas que llevaba en Nueva York pero solo esa vez fue consciente de que era ella. “Miramos una realidad cualquiera –un grupo da árboles, una sombra que invade un cuarto al anochecer, un montón de piedras al lado del camino-, miramos sin fijarnos, hasta que lentamente aquello que vemos se revela como lo nunca visto y, simultáneamente como lo siempre visto…” Esta observación de Octavio Paz puede servir para explicar lo que le ocurre a Carmen Martín Gaite. Aquella niña atisbada en el Metro y a la que ha prestado especial atención corresponde a aquella otra que lleva en su memoria desde sus primeras lecturas infantiles. Es un personaje de un cuento que le despertó curiosidad y sensaciones especiales, sencillo para que lo pudiera entender una niña pero, al mismo tiempo, tan misterioso que aun ahora que ya es mayor y escribe libros le resulta enigmático  y lleno de interés.  
Aquí arranca la historia. Carmen Martín Gaite querrá saber cuál ya podido ser la vida de esta Caperucita Roja que vive en Nueva York, un lugar extraño para un personaje de cuento.
En literatura ocurren cosas imposibles. Un personaje, una ingenua niña, que vivió en un tiempo mítico, fuera del tiempo cronometrado, que fue a visitar a su abuela atravesando un misterioso bosque y fue acosada durante su viaje por un lobo, ese animal provocador de todos los  miedos ancestrales, resulta que revive en las calles de la ciudad más emblemática de la modernidad, Nueva York.
Ese es un hecho de primer orden que excita la mente de la narradora. Se le impone.  Su presencia es una oportunidad y una orden. Carmen Martín Gaite tendrá que seguir sus vicisitudes y contar esa historia. No puede dejar de hacerlo. Y gracias que lo hizo, porque hoy podemos leer la fascinante historia de una Caperucita que vino al mundo moderno y paseó por la calles de Nueva York.