martes, 16 de octubre de 2018

(sin)MOTIVOS PARA LEER


Mikita Brottman en Contra la lectura (Blackie Books) enumera motivos que inducen a algunas personas a leer: “el placer, el conocimiento, la obligación, la necesidad, la pereza y –tal vez más a menudo de lo que pensamos- la lectura sin motivo”.
si a mí me hubieran hecho esa pregunta, por qué leo, hubiera contestado algo parecido. Con una ligera discrepancia. Discrepancia solo de matiz. Para mí el placer no es un motivo más, sino que penetra todos los demás. Incluso la lectura por obligación o necesidad se va reduciendo al mínimo si no va acompañada de cierto placer, porque, ante cualquier obligación, uno tiende a escaquearse.
No me refiero a un placer que asocie necesariamente a diversión, pero sí al interés. Cuando uno hace lo que le interesa, aunque le sea laborioso, ese  hacer produce cierto placer, cierta satisfacción. Lo que quiero decir lo entiende fácilmente un niño si se traslada a otro terreno. El deportista que se machaca en los entrenamientos no persistiría en su empeño si no experimentara un cierto placer, aunque sea un placer diferido. Los niños protestan de que les pongan deberes escolares pero no dejan de ir a entrenarse en el deporte que han elegido y soportan las riñas del entrenador sin chistar.
La pedagogía de la lectura ha de estar ligada no a hacer comprender que leer es placentero sino a ayudar a experimentar placer en las lecturas. Todas las experiencias que liguen la lectura con algún tipo de satisfacción serán un buen camino que crear lectores.
Me referiré aquí a una: el coleccionismo. La afición a coleccionar la tienen muchos en algún momento de la infancia o adolescencia. Animar a un niño a coleccionar libros de un tema que le apasiona es el mejor camino para que los vaya abriendo por iniciativa propia. Después, es más fácil que salte de uno a otro y que esa experiencia le resulte excitante.
Haber experimentado alguna vez que leer proporciona placer deja al niño a las puertas de ser lector porque ¿quién no se presta a repetir aquello que le gusta?

viernes, 28 de septiembre de 2018

LECTURAS, TRAMPOLÍN DESDE EL QUE PROYECTARSE


Montesquieu escribía: “Soy necesariamente hombre…y soy francés solo por  casualidad”. Las personas crecemos y vivimos en el entorno real que nos ha tocado, donde se dan los medios de vida que hacen posible nuestro desarrollo. ¿Se puede ir más allá? ¿Cómo ir más allá de donde nos ha colocado el azar? ¿Cómo se halla el hacia dónde y la energía para proyectarse? .
Nuestro mundo no solo es el de los objetos que nos rodean, o sea las condiciones materiales en que se desarrolla nuestra vida, que sin duda condicionarán el desarrollo de nuestras capacidades personales y la posición social que llegaremos a alcanzar.
Las condiciones materiales en las que se alcanza la condición de humano van acompañadas de todo un universo simbólico que definirá nuestra identidad, creencias y aspiraciones.  Si hipotéticamente, alguien no recibiera otro influjo que el de su propia familia las posibilidades de aspirar a algo más que aquello a lo que los suyos han aspirado serían muy limitadas.
Esa coyuntura ha sido la común durante muchas generaciones de manera que toda ellas han tenido prácticamente el mismo horizonte y  no se han movido de él porque su imaginario simbólico no apuntaba más lejos.
¿Cómo se rompe ese techo de cristal?
En primer lugar, diré que hay personas que  no quieren romperlo. Hay quien se encuentra tan bien con lo que le ha tocado que no desea mirar más allá. Todas las ideologías que exaltan lo identitario suelen ir por aquí. ¿Qué hay en ello? ¿Pereza? ¿Rutina? ¿Miedo a confrontarse con lo exterior?
Pero las personas más despiertas aspiran a ir más allá de lo que les ha tocado a su alrededor. La lectura es una de las ventanas, tal vez la mejor, que abre los ojos a  mundos insospechados.  
Los textos de los grandes autores están llenos de esos mundos porque, como escribía María Zambrano, “las grandes verdades no suelen decirse hablando. (El autor), al esforzarse por escribir, va dejando palabras más verdaderas. Va creando mundos que acompañan al mundo real de cualquier persona. Estos mundos, le arropan, le protegen, pero también le catapultan. ¡Cuántas personas han descubierto en el silencio de la lectura las claves de lo que les estaba ocurriendo y que tal vez les torturaba! ¡Y cuántas personas, sobre todo, adolescentes y jóvenes, en la época en que se lee con pasión han descubierto el trampolín desde el que proyectarse y el objetivo que desean alcanzar!”
El proceso de maduración de cualquier joven se ve estimulado por determinadas lecturas que crean a su alrededor mundos complementarios que enriquecen su mundo real. Sin ellas, ni siquiera hubiera logrado conocer su existencia. 

miércoles, 22 de agosto de 2018

CAPERUCITA EN NUEVA YORK: RENACIMIENTO DE UN PERSOANJE


Carmen Martín Gaite pasó varias temporadas en Estados Unidos dando clase. Por aquellos días estaba en Nueva York. Como todos los humanos, vivía entre dos mundos, el que tenía delante, la gran ciudad cosmopolita que, en buena parte, suponía una novedad, y el mundo que habitaba en su memoria, su mundo, cercano y atesorado durante años de vida y de lecturas.
Tal vez andaba buscando un personaje para darle vida en una nueva narración. O no. Quizás se lo encontró saliendo del Metro o caminando por Manhattan y le impuso el deber de contar su peripecia. Era una niña. Le pareció que la conocía.
Rebuscó en su memoria. Le suscitaba sensaciones que ya había vivido. Trató de situarla en lugares por donde había pasado, en casas donde había estado. Por fin creyó recordar haberla visto en algún libro. El mundo de los libros es tan real como el otro cuando ya ha caído en el pozo de la memoria. Aún no sabía en cuál. A menudo recordar las ilustraciones le llevaba al libro y a los personajes que buscaba.
Le puso una capa y una capucha roja. Alguna oscura razón le llevó a tomar esa decisión. De repente la reconoció: «Sin duda es Caperucita Roja».
Tal vez habían pasado ente sus ojos muchas Caperucitas durante esas semanas que llevaba en Nueva York pero solo esa vez fue consciente de que era ella. “Miramos una realidad cualquiera –un grupo da árboles, una sombra que invade un cuarto al anochecer, un montón de piedras al lado del camino-, miramos sin fijarnos, hasta que lentamente aquello que vemos se revela como lo nunca visto y, simultáneamente como lo siempre visto…” Esta observación de Octavio Paz puede servir para explicar lo que le ocurre a Carmen Martín Gaite. Aquella niña atisbada en el Metro y a la que ha prestado especial atención corresponde a aquella otra que lleva en su memoria desde sus primeras lecturas infantiles. Es un personaje de un cuento que le despertó curiosidad y sensaciones especiales, sencillo para que lo pudiera entender una niña pero, al mismo tiempo, tan misterioso que aun ahora que ya es mayor y escribe libros le resulta enigmático  y lleno de interés.  
Aquí arranca la historia. Carmen Martín Gaite querrá saber cuál ya podido ser la vida de esta Caperucita Roja que vive en Nueva York, un lugar extraño para un personaje de cuento.
En literatura ocurren cosas imposibles. Un personaje, una ingenua niña, que vivió en un tiempo mítico, fuera del tiempo cronometrado, que fue a visitar a su abuela atravesando un misterioso bosque y fue acosada durante su viaje por un lobo, ese animal provocador de todos los  miedos ancestrales, resulta que revive en las calles de la ciudad más emblemática de la modernidad, Nueva York.
Ese es un hecho de primer orden que excita la mente de la narradora. Se le impone.  Su presencia es una oportunidad y una orden. Carmen Martín Gaite tendrá que seguir sus vicisitudes y contar esa historia. No puede dejar de hacerlo. Y gracias que lo hizo, porque hoy podemos leer la fascinante historia de una Caperucita que vino al mundo moderno y paseó por la calles de Nueva York.

jueves, 28 de junio de 2018

LECTURA REFLEXIVA: MADURACIÓN DEL PENSAMIENTO


 Una de las mayores satisfacciones que tengo como lector es la animación de una tertulia de libros de pensamiento con la que llevamos ya varios años. Una muestra de lo que vamos leyendo es la próxima lectura programada: Se trata del libro de Michael J. Sandel Justicia: ¿Hacemos los que debemos? Estas lecturas son, sin duda, la mejor maneta de madurar el pensamiento.
He aquí el texto con que presento el libro a mis colegas de tertulia.  
¿Cómo debemos actuar? ¿Cuáles son nuestros deberes hacia los demás? ¿Deben los gobiernos recaudar de los ricos para ayudar a los pobres? ¿Es justo el libre mercado? ¿Es siempre bueno decir la verdad? ¿Puede que a veces el asesinato sea moralmente necesario? ¿Es posible legislar sobre cuestiones morales?
Tan peligrosa es la noción demasiado abstracta de justicia como la hipercrítica que nos pueda paralizar. Este libro no escapa a esa ambivalencia. La formulación abstracta del término puede velar las relaciones de poder pero, por otra parte, este texto presenta preguntas muy interesantes que provocan la reflexión crítica del lector.  
Sandel plantea la problemática de la justicia  condicionado por su entorno social, económico y cultural: la Universidad de Harvard. Su argumentación es precisa pero no distingue de forma clara moral y política. Además, desde nuestra tradición, nos llama la atención que eluda hablar del capitalismo y el socialismo.  
Para él existen tres posturas respecto al tema de la justicia: la de los utilitaristas, la de los liberales y la de los comunitaristas.  
Excluye el utilitarismo y critica el enfoque de los liberales, reacios a la intervención del Estado tanto en temas de costumbres como económicos, desde una postura moralizante sin cuestionar el mercado.   
Su opción es el comunitarismo que intenta dar sentido a la vida con una narración desde la que construimos nuestra libertad. Pero ¿no será cuestionable la dimensión comunitaria de una narración que parte de una identidad supuestamente homogénea? Las narraciones comunitarias crean falsas identidades colectivas a partir de lo étnico, lo cultural o lo nacional. También provoca confusión su afirmación de que no podemos separar las convicciones morales y religiosas de las políticas.
De todas maneras, Sandel plantea problemas morales interesantes, aunque a veces sean desconcertantes porque esconde la tradición de socialismo democrático que pretende combinar las virtudes cívicas con la libertad personal.
La asignatura «Justicia» que imparte Michael J. Sandel es una de las más influyentes de la Universidad de Harvard. Más de mil alumnos abarrotan en cada sesión el aula magna para escuchar cómo este pensador, que acaba de recibir el Premio Princesa de Asturias, relaciona las grandes cuestiones de la filosofía moral con los temas polémicos de la actualidad.  

viernes, 25 de mayo de 2018

PARA QUE LOS NIÑOS NO LEAN


La lectura sigue gozando de prestigio también entre quienes no la practican. Por esa razón todos los padres desean que sus hijos lean. Sin embargo, muchos se comportan como si pretendieran lo contrario: que sus hijos aborrezcan leer.
He aquí los ingredientes para lograr que tus hijos no lean.
-Que no te vean nunca con un libro. Verás cómo ellos corren a buscar uno para ellos.
-Quítales de las manos lo que les gustaría leer, a menudo serán cómics o libros ilustrados de humor o de deporte.
-No les dejes nunca libros a su alcance no sea que se empiecen a ojear alguno, se guste y se queden sumergidos en él y no los veas más.  
-Culpaos los padres uno a otro de que los hijos no leen mientras vosotros a lo más ojeáis las páginas sociales o deportivas del periódico.
-Castígalos a no leer cómics porque no leen los libros que vosotros creéis que deben leer. .
-Deja de leerles libros antes de dormir con la excuso de que ya son mayores para leerlos solos.
-No vayas nunca con ellos a una biblioteca o una librería no sea que aprendan el camino de su perdición
-Dadles la matraca con frases como “antes leíamos más”. Al comparar ese antes evocado con lo que ven en ti en el presente se darán cuenta de la importancia que tiene realmente para ti la práctica de la lectura.  
-Cuando tengas que hacer un regalo, elige cualquier cachivache técnico pero no un libro. Eso no tiene valor suficiente  y no quedas bien haciendo ese regalo.
-Márcales el fragmento mínomo que deben leer sin haberlo leído previamente para saber si les puede picar la curiosidad o los va a aburrir soberanamente.
-Si algún hijo sale lector a pesar de este programa, has fracaso como educador. Te ha salido un hijo rebelde.

lunes, 12 de marzo de 2018

LEER PARA EMPATIZAR


La lectura es una actividad muy importante en el proceso de formación de una persona y en su desarrollo continuado. Y más si hablamos de textos literarios. Incluso los más simples están elaborados con un lenguaje que alude a significados múltiples. Su discurso es complejo y polisémico porque trata de reflejar vidas o recrearlas. Para penetrar en ellos con cierta profundidad hay que haber superado  lecturas de textos más simples.
Por otra parte, el desarrollo de cualquier historia literaria remite al lector a una confrontación con su propia experiencia y con su propia concepción de las cosas y de la vida. Leer literatura supone poner en juego un cierto grado de autoconciencia. Cuanto más rico es un texto el lector puede reconocer más repliegues de su interior que de otra manera no habría conocido. 
El narrador propone al lector, casi siempre implícitamente, un  pacto que consiste en acercarse con determinado ángulo de visión al mundo que trata de reflejar. El que lee recorre el camino de esa historia con los ojos del narrador, entra en el universo hipotético que este le pone a la vista. El lector sabe que está participando en una ficción pero de alguna forma la traslada o la compara con su propia experiencia en la vida real.
Los personajes son seres imaginarios que pueden pertenecer a otras culturas, haber vivido en otros tiempos, pueden pertenecer a otra clase social o vivir en situaciones completamente diferentes de las que vive el lector, pero este, mientras lee, penetra en esos universos. O sea, se descentra de uno mismo para penetrar en otro universo, a menudo totalmente alejado del propio. Entrar no solo en las experiencias de los personajes sino también en su mundo mental, sean estos terroristas o santos, supone un ejercicio de empatizar con ellos en situaciones que nunca ha vivido en persona. El lector que se obligado a tomar posición sobre situaciones que de otra manera nunca viviría. Eso supone un cúmulo de experiencia, logrado a través de la ficción literaria, que le puede ser muy útil para afrontar nuevos retos en su vida. 

viernes, 3 de noviembre de 2017

LEER CONTRA LA NADA

Antonio Basanta, durante muchos años editor y después director general de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, nos acaba de hacer un magnífico regalo, un libro, Leer contra la nada (Siruela). Es un texto magnífico, muy bien escrito, que no solo manifiesta la viva pasión lectora del autor sino también una aguda perspicacia para penetrar en lo que pasa en el alma de un lector y en lo que representa leer. Solo quien lo vive es capaz de transmitirlo de esa manera. Seguramente él es una de las personas que ha dedicado más esfuerzos a que sus conciudadanos leamos y que más ha reflexionado sobre la necesidad de leer para mantener una sociedad despierta.
A Antonio lo he ido viendo muy de tarde en tarde, pero siempre lo he percibido como un amigo. Y siempre me ha impactado su generosidad. A pesar de haber sido siempre una persona muy atareada y comprometida con su trabajo hasta la extenuación, me ha hecho sentirme próximo. No pùedo tener para él más que palabras de agradecimiento y quiero dejar constancia aquí de este sentimiento.
En un momento en que recoge vivas reflexiones en breves textos, transcribe un aforismo que dice que recogió en una de las bibliotecas de Bogota: “Quien lee no está haciendo algo; se está haciendo alguien.”
Sin acertar nunca a formularlo con concisión y la agudeza de un aforismo, hace muchos años que participo de esta idea. No sé calibrar hasta qué punto lo que percibo que soy lo debo mis lecturas, pero ciertamente es así. Sobre todo les debo la pervivencia en mí de una curiosidad que a muchos otros les matan los años. Cuando creo que tengo respuestas para ciertos interrogantes, leo un nuevo libro y me doy cuenta de que me han cambiado las preguntas. Debo comenzar a buscar nuevas respuestas.

Ese es el espíritu que alienta en este libro, que en la lectura tenemos la mejor manera de conjurar el vacío de la nada. A esto supongo que quiere aludir el título. Esto lo va diciendo de mil maneras. Una de ellas muy pertinente es esta: “Mujeres y hombres no somos sino seres errantes en busca de comprensión. Comprender lo que nos rodea. Comprendernos a nosotros mismos. (E intentar que  nos comprendan).”